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martes, septiembre 02, 2014

Todo ha cambiado

Cuesta empezar, es una maldición tener todo en las entrañas empujando por salir, y cuando ocurre, es casi imposible comenzar a dibujar sobre el papel. No existe una manera de complacer a todo lo que ocurre por la mente cuando tu pensamiento se centra en una sola cosa. Llegados a este punto ya no importa la escritura, no interesa si mis letras son bonitas, si el ritmo es bueno o si la impresión al leerlo hace al lector emocionarse. Llegados a este punto la perfección está en contar la historia y dedicar todos mis esfuerzos para sacar todo lo que encierra mi alma para no ahogarme en estanques de silencios involuntarios ni en palabras que no pude decir cuando debía o miedos que me acechan cada vez que tomo la misma decisión.

La perfección existe (me permito creer en ella).

“Que corto se me ha hecho el viaje” pensaba mientras ella bajaba de mi coche. Caminaba, como otras tantas veces lo he hecho, pensando, divagando, un amigo me hablaba, pero no escuchaba. “Podía haber durado un poco más” seguía pensando. Recordaba el trayecto, cada bache, cada curva, cada casa, cada instante; la luz de las farolas traspasaba el cristal y te alumbraba medio en penumbra la cara (me guardo para mí lo que pensé) y se hacía todo cada vez más corto, el viaje, el mundo, la vida, todo se empequeñecía menos tú. Mientras bajabas, estúpida desconocida, pensé: “¿Quién eres tú para cambiarlo todo ahora?” y sonreí con un adiós tan corto como mis ganas de huir sin mirar atrás, el mundo empequeñeció aún más y el calor fue insoportable.

Aunque alguien discreparía, yo no soy Ismael ni ella es Carola, tanto uno como otra eran perfectos (sigo creyendo que existe). La perfección existe lo complicado es encontrarla. No es un canto al amor como casi todo lo que escribo pero sí una declaración de intenciones.
Perdiendo la noción del tiempo, buscando tu rostro entre multitud de personas (y no son cataratas ni la edad), pensando durante horas, pensando en una sonrisa, ¿quién eres tú, para cambiarlo todo ahora?
Estaba feliz, escondido entre las sabanas de mi cama, había aprendido a huir, a permanecer en la oscuridad, solo, tranquilo, mirando tras el cristal las tardes de lluvia sin anhelar nada más que respirar. No tener sueños siempre da ventaja. Era feliz, muy feliz. Vivir sin necesidad de que el día transcurriera, las noches pasaban sin sueño ni sueños y el mundo era todo lo amplio que necesitaba para vivir. Todo ha cambiado.

Ahora, quiero, necesito que los días pasen rápidos, vivo idealizando, imaginando, soñando, sintiendo como a golpe de sonrisa, de cruce de miradas, de observarte desde lejos mi corazón se compone, se unen los pedazos y nada importa. Toda una vida de penurias, tristezas, traiciones y piedras, ya no importan. La perfección es borrar todo eso con una sonrisa, con una mirada sin intención, volver a la adolescencia, a tener ganas de luchar a no rendirte nunca. Quizás mi alma de soñador incansable o los demonios que me disfrazan de persona atormentada me hacen idealizar o tener alucinaciones donde solo hay espejismos. Quizás todo esté ya marcado por el halo del destino o quien quiera que tire los dados. Puede que mi sentimiento de jugador haya encontrado un nuevo juego o que de llevar tanto escondido simplemente encuentre en esos ojos una excusa para salir al mundo de nuevo, o que sea tan perfecta que pueda tirar muros (que tardaron siglos en ser erguidos) tan solo con una mirada.


Ahora, mi cama ya no tiene olor, mi almohada reniega continuamente de mí, tanto que la abracé. La rutina está por asesinarme y mientras planeo encuentros fortuitos y conversaciones furtivas e intento disimular mis carencias (lo inútil que soy), los recuerdos ya no me visitan a oscuras, el pasado parece haber cerrado la puerta del infierno donde nací, viviendo a frases de Ismael: “que no está perdido aquello que no fue” intento vivir el minuto a minuto, intentando encontrar las baldosas que me lleven a soñar durante un poquito más de tiempo. Para despertar y darme cuenta de que aún sigue en mi coche, que no se ha bajado, que la penumbra sigue iluminado su rostro.

lunes, enero 06, 2014

Susurro

Noche de niebla que un susurro acuna
entre tus brazos de silencio adverso
que vaga por dentro en orden inverso
a las aguas negras de tu laguna.

Vigilia de una madrugada bruna,
espero y espero tus ojos, tu verso
en mi reflejo, tu iris en mi universo
acabando esta espera con fortuna.

Mañana, tarde y noche trae el viento
aromas de tu susurro, sentido 
en los besos que viven de tu aliento.

Pensando en tu regazo aún dormido
termino sin respirar lo que siento
perdurando tu abrazo en mi ruido.

domingo, diciembre 29, 2013

Volver a llegar tarde

Estás serán las últimas palabras que escribiré este año. Romperé la regla de hacer balance y resumir todo aquello que aconteció este año, prefiero quemar con fuegos azules sobre el papel mi último recuerdo, para decir adiós a este año que ha convertido en costumbre que la vida no mejoré.

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Abrí la ventana despacio, ya era muy tarde, para que el ruido no despertara a nadie. Hacía frío a pesar de no sentirlo, me apoyé en el quicio de la ventana y encendí un cigarro. La noche estaba tan clara, llena de purpurina azul brillando a lo lejos, tan hermosa que me sentí muy pequeño. No quería recordar o analizar aquella noche, solo olvidar. Miraba como mi cigarro se iba consumiendo poco a poco y como avanzaba el ámbar, tan lento, tan suave, volví a pensar en tantas cosas. Años hacía que no me sentía así. Mucho tiempo, no contabilizado, en el que no lloraba. Volvió a mí, calada a calada, aquella inseguridad, esos 15 o 16 años, cuando el mundo me aterraba, volví a sentirme aquella persona solitaria y mientras el humo se desvanecía grisáceo por la ventana todos mis logros y mi experiencia, mis fracasos y mis dolencias no sirvieron de nada.

Asumía por momentos que me gustaría ser esa ventana, estar allí contemplando el mundo pasar, siempre con vistas a aquel cielo hermoso y grande, pero respirar me hacia aquello imposible. Acabé mi cigarro y regresé a mi cama, el lugar donde siempre acabo. Continuaba sintiéndome aquel crío, impaciente y tierno, que empañaba los cristales para no reflejarse en ellos y se escudaba en las canciones de los cantautores de turno. Me cubrí con el edredón y pensé que llegar tarde a todos los sitios podría ser no ya mi culpa, ni culpa de la vida, más bien que hay personas que están destinadas a llegar tarde siempre.

Cerré los ojos y me imaginé unos ojos grandes dentro de una luna inmensa con una sonrisa que no tenía fin, y pensé que importa llegar tarde o a tiempo, si siempre que llego no hay nada en el lugar al que voy. Robé unos versos de una canción: “Si yo fuera una ventana y tu la lluvia que lavara mi dolor” y de verdad que quise ser aquella ventana, pero acabe por ser el dolor.

Y entre tanta tristeza, mirando el reloj, ya sabía que volvería a llegar tarde, intenté con todas mis fuerzas ir hacia aquel sitio en donde con observar me bastaba, en que una melena rizada era todo mi deseo pero no resultó. Y como siempre sospeché, nunca supe retirarme a tiempo, pero cerrar recuerdos se me daba casi también como encontrar almas apenadas en las barras de los bares.

Y en el último intento, en ese justo instante en el que tantas veces tuve que pedir perdón, por sentir el amor que siento, tan obsoleto y anticuado, donde en cada disculpa se me iba un pedazo de corazón, sin llegar siquiera ese abrazo o el beso maldecido que me liberara del hastío incrédulo y de las noches solitarias, acababa por volver a las cicatrices que me persiguen disfrazándose de pasado, sin balcones de ojos de gata y sin flores de un día que no lloraban, que no dolían.


Conseguí dormir, creo. Intenté soñar, con aquellos brazos llenos de fuego, sabiendo que había perdido aquel alivio que nunca volveré a tener. Entre sueños, pensaría que soy el dramatismo en persona, y seguro que allí volví a escribir poemas, algunos con tu nombre, pero todos sobre ti, pasaría la noche lejos de tu regazo y llegaría el día, a sabiendas de que mañana volvería a llegar tarde.  

sábado, diciembre 14, 2013

Musa

Aparece, cuando ella quiere. Se desvanece cada vez que lo desea dejando en mí una huella imborrable, teñida de vino, empapada en whisky de cuerpo oscuro y sabor a nube rallada. Cuando la deseo me observa en la distancia, espera en vigilia guardando mi sueño incauto, desvelándome de la noche con luces plateadas, oliendo a papel y tinta. Cuando no quiero verla se descuelga como una enredadera, acariciando mi alma con sus manos frías. Me abraza, me aprieta, me desarma, ¿me ama? Maldigo y maldigo en todas direcciones, hacia la brisa que marca su mirada, con carita de pena y sus ojos de gata. Se acelera y acelera, mi corazón enfermizo, vuelvo a mirar sus pupilas candentes y su sonrisa me derrite; acelera y acelera, mi latido insano, y vuelvo a maldecir. Ella lo nota y se separa, se aleja lentamente y mi corazón se parte, se deshace, se consume.

Inmóvil, agotado a suspiros, la veo alejarse, noto como sus manos me abandonan, la noche, el amanecer, los pierdo. Pierdo la tierra y pierdo el mar. Pierdo la luna, pierdo el paisaje, pierdo la arena sin sal, pierdo lo perdido y la vida empieza a estorbar. En segundos escapa de mis manos su piel, su cabello, su alma, todo entrelazado por los hilos del universo, cadenas de cielo destrenzadas que atan mi alma a este mundo; se aleja, me abandona y acelero y acelero pero casi no la siento. Me mira y sonríe, no lo pienso, dejo de sentir, no lo siento, aquel abrazo interminable mientras despliega sus alas.

No me sueltes nunca, voy pensando lentamente mientras recorro el camino que hay entre su puerta y mi cama. Intento grabar en mi cabeza la sensación de su tacto, sus ojos, su olor. Nervioso me oculto entre las mantas, mirando al techo con los ojos cerrados y todo es de colores. La luz me invade y el recuerdo de su sonrisa me vuelve acelerar, y antes de maldecir ella vuelve a mí, como siempre, cuando quiere, cuando lo desea, se retuerce entre mis brazos bendiciendo mi noche con su voz cálida y sosegada hasta que caigo rendido al más apacible de los sueños.

Asiduo a no conciliar el sueño en aquellas horas en que la madrugada se vuelve fría, despierto. Solo, olvidado en el ostracismo de mis sabanas y desorientado. Vuelvo a pensar en ella pero esta vez no viene a mí, la llamo ahora despierto y otras tantas en sueños, susurro su nombre a las paredes y dibujo con mis dedos su silueta con una lágrima de luz que entra por la ventana pero ella no aparece. Espero. Ella no aparece. Cansado vuelvo a cerrar los ojos y un dolor punzante se clava en mi pecho. Adicto a esta tristeza me resisto pero imágenes inundan mi mente, las palabras me abordan con fiereza y mi locura se vuelve cordura en el segundo en que todo cobra sentido.


El mundo deja de divagar y los grises se vuelven diáfanos, la inspiración, menos opaca, vuelve a venir punzando mi alma una y otra vez. Cuando acabo todo está en paz, la quietud de mis letras se establece en mi sangre y la inspiración me abandona. Vuelta a mi lecho respiro profundamente y atrás quedan folios escritos, recuerdos vividos y otros inventados. Queda en la retina la oscuridad de su piel, su rostro afable y sus alas blancas, con su aroma aún en mi nariz, su mirada dulce y perfecta aferrada a mi alma, hermosa y cariñosa, inseparable, irrompible inhalo paciencia a la espera de que la próxima noche tenga el deseo de volver a mí y con ella... mi felicidad.

viernes, noviembre 01, 2013

Falta de Talento

   No existe aquello que yo pueda escribir que no esté escrito ya, no hay letras, silabas, palabras, oraciones o versos que yo pueda inventar que no hayan sido inventados ya ni existen los compases o las melodías que no hayan sido compuestas o permanezcan sin descubrir dentro de un folio en blanco. No soy capaz de hacer aparecer de la nada y escribir, mejor dicho describir, las imágenes que transcurren por mi mente ahora mismo: la impotencia cubriéndome como una sombra tardía que me abraza en la sobremesa de una tarde soleada o este noviembre sin hojas en el suelo que me atenaza las articulaciones, la mirada perdida de un recuerdo devastador o la sonrisa inmensa de una noche de invierno. Son aquellas cosas que se pierden en mis escritos, en mis letras inútiles y desordenadas, hasta en las historias cotidianas que me dan forma y me unen.

   No puedo, sea por la falta de talento, sea por perder esa conexión que siempre tuve tan presente en el triángulo alma – mente – corazón, pero no puedo dejar plasmado aquello que siento en la punta de mis dedos cuando esa esencia está presente, cuando ese aroma a infancia y encanto me desarma por completo y me deja sin argumentos hasta el punto de ahogarme en un deseo que ni es bueno ni es recomendable. Sea por la falta de talento que mi mente ya no distingue entre cuartetos ni tercetos y los sonetos se quedaron vacíos ante la belleza y los sentimientos. Cuando la mente grita escapa y mi corazón (más de una vez reconstruido como un puzzle) me empuja a golpe de latido hacia un precipicio, una y otra vez, cuando miro a ese vacío indescriptible al filo del acantilado cuando más noto la ausencia de talento.

   No ceso en los intentos por conseguir aquello que me fue negado, si las musas ya no sirven, si el amor nunca fue suficiente. Primero he de reconocer que nunca tuve musas, y segundo, si ahora cuando cierro los ojos solo veo una mirada que me ahonda el alma y cuando respiro solo encuentro aroma a sonrisa y regalo, si ahora cuando escribo no puedo dejar atrás esa melena de color castaño es porque tengo en la retina cada rizo, cada onda, cada cabello, todo en imágenes grabado a desencanto en mis pupilas.

   No se trata del amor tampoco, de ese ente misterioso, desconocido, dañino y necesario. Siempre pensé que amar es como confesar un pecado y al mismo tiempo traicionar al mejor de los amigos, te alivia por completo pero te carga con el mayor de los pesares, destejer durante la noche lo tejido durante el día, anochecer sonriendo para amanecer entre lágrimas.

   No creo que lo consiga, puede que la edad me tenga enseñado, puede que mis errores sean la espina que hiere o que el peso a mis espaldas sea aquello que cortó mis alas o simplemente que mi obsesión sea más fuerte y yo más débil cada segundo, pero lo intento cada día.



sábado, abril 20, 2013

Desaprender - Aprender


                Con el tiempo he desaprendido a lamer mis heridas, escondido en el fondo de mi armario. He desaprendido a escuchar cantos de sirenas mezclados con el vaivén de las olas que golpean mi ventana en las noches de agosto. He desaprendido a confiar en las viejas canciones que me llenan de nostalgia y a compadecer la vida teñida por la penumbra de bares oscuros. He desaprendido a amar el humo en la noche y a ver tras la ceguera de una melena ondeando al viento. He desaprendido a ser el niño enamoradizo que se perdía entre versos y acordes después de recibir inocentes sonrisas por mujeres hermosas. Tras el paso de los años, tras el paso de las cicatrices que unen mi alma (legítimamente), desaprendí que querer significaba para siempre, o al menos, significaba morir un poquito cada vez. Desaprendí que la noche, aquélla a la que tanto amé y que tanto me cuidó con vigilias interminables, no era sino el amor de una soledad interminable.

                Con el tiempo he aprendido que por mucho dolor que causa para mí escribir, yo nací entre papel y gotas de tinta, he aprendido que no puedo alejar de mí aquello que me hace ser yo. Con el tiempo he vuelto a aprender que las palabras son el espejo donde miro una y otra vez mi ser desnudo y sincero. Aprendí que no puedo mentir (al menos a los demás), aprendí a desconfiar de las buenas intenciones y a no llorar acompañado si la compañía no llora conmigo, aprendí que todo lo que aprendo lo desaprendo y que mañana aprenderé a desaprender. Tras el paso de los años y tras el paso de las cicatrices aprendí que tengo mucho camino por recorrer, aprendí que siempre tendré cicatrices, que no se irán y que vendrán nuevas, aprendí que ellas son la prueba de que he vivido y de que estoy vivo.

                Con el tiempo he desaprendido a conocer a las personas con tan sólo mirarlas y he aprendido que aquellos que estuvieron siempre estarán. He desaprendido amores pasados y después volví a aprenderlos. Desaprendí a amar y aprendí a amar de nuevo. Desaprendí a sonreír pero aprendí a reír, desaprendí a mirar pero aprendí a ver. Tras el paso de los años y tras el paso de las cicatrices que unen, mejor dicho, que habitan en mi alma (merecidamente) desaprendí que lo que mejor está por llegar pero aprendí que siempre viene otra primavera, desaprendí querer un futuro pero aprendí a amar mi presente.
Con el tiempo desaprendí que mis letras siempre estarán ahí y he aprendido que mis letras siempre estarán ahí. 

sábado, julio 31, 2010

Con sinceridad

Se tiñen los días de azul, mañanas opalinas, tardes opacas, grisáceas, tormentosas; teñido el día de amarillo ardiente y del azul más irisado, de color cambiante que desdobla su silueta en la penumbra, entre los trazos de mi amargura, como hilos en el aire de la soledad más insidiosa. Entre los suspiros, miro al vacío que me dejó la ausencia de una piel rozada en un lecho tan pequeño, y vuelvo a mi suspiro. Mirando la lejanía y pienso: Dios! Me siento tan solo. Perdido entre la multitud errante, en el fragor atropellado por recuerdos abigarrados e intrincados, por la ausencia que tanto añoro, por el dolor de la tinta solitaria que siempre impregnan mis poemas, ¿o era el olor? Ya estoy cansado de ser poeta, de sentirme poeta de amores no correspondidos, de pasar días que parecen semanas, horas que parecen años y pestañeos que duran una eternidad; cansado de permanecer inmóvil, sentadito, inerte, siempre en aquel banco del parque oteando el cielo plateado, las hojas verdes de los árboles meciéndose al antojo de la vida mientras lleno mi cuaderno de versos y renglones que nunca se leerán, que nadie leerá, que yo no leeré. Cansado de escribir historias, de papeles que sólo sirven para forrar la caja gris donde guardo mi corazón. Cansado de que mis propias palabras me alejen del mundo, de no ser normal, de ser tan especial que lo normal me sabe a poco, de saber que sangro, que río, que lloro, cansado de rabia, de ira, de infructuosa desidia, cansado, en fin cansado.

Son días, teñidos de azul, por supuesto; de cantos de sirena, de monte grisáceo, de paseo ribereño, del Segura a borbotones, de sin calor humano. Tardes de ópalo, y noches de tormenta como castigo por amar una vez y engañar mil, castigo por aquella media verónica en la noche del ruedo, por pensar en la niña del pelo rojo, por pensar en que al ser tan especial siempre me acabo volviendo vulgar. Y vuelvo a pensar que estoy cansado o, que simplemente, estoy solo y aunque siempre vuelvo a mi cuaderno, aunque siempre acabo volviendo a mi cuaderno, a mi lápiz del dos, a los folios arrugados llenos de polvo que guardo en algún rincón de mi casa; y a los cuadernos que ya no puedo volver, a las niñas del instituto que veo de década en década y me recuerdan: “el otro día me encontré un poema tuyo”, al cuaderno que vino a curarse el alma y después se fue dejándome el alma repleta del odio más hiriente y de la rabia más autodestructiva que puede existir.

Son días, si soy sincero, de amargura, de tristeza, de una tristeza tan grande que el simple hecho de levantarme de mi cama me llena las venas de veneno y el corazón de plomo. Días en el que el azul me importa bien poco, y el amarillo ardiente se puede ir a hacer gárgaras. Lo cierto es que últimamente la espalda me pesa y el cansancio me desborda, cansancio de ser el paño de llantos de la gente insomne, de ser el muro de las lamentaciones, de saber que piensa la gente tan sólo con mirarla, de mi puñetera empatía. Quizás esté cansado de estar cansado, odiar a este odio y maldecir esta puñetera maldición. Seguramente me merezca el castigo por mis actos anteriores, seguramente no hay redención para aquella persona que fui, y aunque poco queda de él en mí el castigo parece que aún perdura.

martes, julio 20, 2010

Un beso al amanecer.



Sonaban los tambores, palpitando con la fuerza de un trueno que aventaja al rayo en el océano de un iris azul recorriendo mis venas, cambiando mi sangre por aire fresco. Sonaban como el presagio de un tiempo venidero, el poso en el café, el adivino profetizando unos labios entre sombras oscuras que atacaban al cielo con fiereza.
Despuntaba a penas el día, el miedo me enfundaba el corazón y tus labios me hechizaban, perdiéndome en un conjuro aterciopelado y negro. Sonaban los tambores como la cruda realidad, sonaba mi corazón atenazado entre tus brazos; y al abrir los ojos tu mano en mi rostro y tu sonrisa en mi alma, y la felicidad en mi cuerpo que añoraba de ti.

Se desdibujaba un rayito de sol en tu melena, la música sonaba fuerte y este sueño de verano tocaba a su fin. Sonaban los tambores en mí y la mezcla de deseo y amor furtivo me apretaba los pulmones. El sol poquito asomaba, la gente miraba al techo azulado, las sombras se iban perdiendo y a mí me dolía este abrazo donde el tiempo no se paraba, donde el mundo no se quedaba quieto sino que todo volaba a una velocidad vertiginosa. Sonaban los tambores cada vez más fuerte y cada vez más poderosos y a mí me dolía, tanto tanto tanto me dolía al sentir su aliento en mis labios, tu mirada azul, el sol en tu cabello tanto me dolía todo que cerré los ojos.

Sonaban los tambores. Fue un instante. No abrí los ojos. No abrí los ojos y sentí el calor en mi boca, un beso de paso, huésped en mi boca por vacaciones, sentí el calor que abrasaba mis manos. Todo tan rápido, el sol ya en lo alto y mis ojos cerrados, tus manos que me apretaban dejaron de hacerlo y los tambores poco a poco bajaron su ritmo. Al abrir la vista te divisé ya a muchos metros, veía como te marchabas, el día en lo alto, los tambores ya eran un rumor, el mundo no se paró, y mientras oteaba tu silueta desaparecer por el mundo te giraste para mirarme, con tu melena hondeando en la colina de mis ansias; “esta batalla es para ti” pensé con desidia mientras tus ojos azules se clavaban en mi deseo y mis oídos lloraban por no haber escuchado tu voz. Sonreíste y desapareciste, los tambores ya no se oían y el día estaba en lo alto, pero no era el mismo azul.

lunes, junio 28, 2010

Resurrección

Hay dos tipos de personas: las buenas y las malas. Hasta aquí la ecuación es sencilla, el problema está en que hay demasiadas personas malas en el mundo; por cada persona pura de corazón que te encuentras puedes contar cincuenta que son malvadas, con un corazón negro por la envidia, la codicia, avaricia y otros tantos defectos. Estarás leyendo estas líneas y seguramente me estarás dando la razón, pero te has parado a pensar en que lado de la balanza estas tú… seguro dirás que eres de las buenas ¿de verdad? Cuando fue la última vez que ayudaste a un amigo con algo que requiriera algo de sacrificio, cuando fue el último perdón que admitiste, el último perdón que dijiste; cuando fue el último gesto que tuviste con otra persona sin que nadie te lo pidiera, cuando regalaste algo sin ser un cumpleaños o un aniversario; cuando dijiste te quiero sin interés alguno, cuando regalaste un abrazo o hablaste con el chico raro del rincón sólo por ser amable; cuando llamaste amigo a alguien sin que hubiera algo valioso de por medio.

Cuando alguien te decepciona es como morir, quiero decir, que algo dentro de ti se muere, cuando quieres a alguien le das una parte de ti, el aprecio te roba un trocito, una parte que ya nunca jamás vuelve a ti y te oscurece un poquito más. El corazón tiene esas cosas. Siempre queda resucitar pero el olor a ceniza nunca se va, siempre puedes resurgir después de unas cuantas lágrimas pero el dolor nunca desaparece en su totalidad, siempre puedes volver al redil, volver a creer en unos ojos, en una caricia pero en lo más oscuro de tu ser sabes que dentro de una caricia hay mentira, que en las yemas de los dedos se esconden espinas, que en una mirada está el fuego que primero te embelesa y luego te quema.

Cuando alguien te decepciona es como morir y aunque se puede resucitar lo mejor es acostumbrarse.

domingo, mayo 30, 2010

Resumiendo...

Llega el calor, es en lo único que pienso, mejor dicho, en lo único que me apetece pensar. Pasan los días, días blancos y opacos en los que la pausa pasó, en los que la rutina acuciante del tiempo impasible no me dejar casi ni tomar aliento ¿ha vuelto la tristeza? Puede que sí… ya ni me lo planteo, dejé de hacerlo hace tiempo y decidí esperar…

Esperar a que el sol llegue, a que nada afecte, a que el color tiña mis ojos pequeñitos, a no fijarme en la gente, a odiar. Puede que sea duro pero sólo me queda resentimiento (es mentira) odiar al mundo es más fácil, aunque me queda mucho de aquella soledad que cubrió tantas tardes, tantos domingos con Ismael a la cabeza y sus paraísos desiertos en la retina de mi oído. Ahora que soy hombre (a veces pienso que es mentira), ahora que soy adulto por fin me siento como ese adolescente que vive enamorado de un ideal, de una historia o de un pasado imaginado.

Hace ya unas semanas que volví a levantar muros, llené el foso y afilé las espadas, todas mis defensas están activas y trabajando pero pago el precio de haberlas bajado, ahora no puedo dejar de mirar a los demás a los ojos, no puedo evitar escudriñar el pasado en unos iris que piden a gritos un abrazo, no puedo evitar que mi corazón se parta… por enésima vez… viendo como algo frágil se convierte en algo odioso… como algo hermoso se precipita al vacío, al desastre más obvio y todo lo hermoso, lo bello, lo encantador se destruirá por un no saber y unas manos teñidas de interés y no de amor. Se me parte el corazón de verlo…porque no quiero revivirlo… porque no quiero que nadie sea como soy yo y menos de gente a la que aprecio… “no quiero mirarte a los ojos y ver un espejo, no quiero que la nostalgia te ahogue, no quiero que te sientas sola, no quiero… simplemente no quiero”

Seguramente todo sea un renuncio. Seguramente pronto todo volverá a ser como antes, y volveré a cegarme con unos ojos inmensos o con alguna melena hondeando al viento o unas piernas brillantes, seguramente pronto volveré al redil, a soñar con el amor, a los versos de Mario o de Félix, a buscar tesoros en las catacumbas olvidadas que hay en mi corazón, a abrirme el pecho en las noches de lluvia buscando el amor de alguna huésped de paso, a quedarme prendado de pieles morenas, de ojos azules, de melenas rubias (aunque por mi experiencia el amarillo tiene mucho peligro) a unas manos ardientes o unos pies fríos, a que mi cama se me vuelva a hacer grande como un océano, a que mi caballo de cartón vuelva a volar, a que la sangre me arda con una mirada y las entrañas se me congelen con una caricia, volveré a soñar, a buscar farolas rotas y portales oscuros, a vender poemas en el parque para jóvenes enamorados, a buscar el santo grial... en fin a todo lo que soy, y puede que llegue ese día en el que vuelva a bajar los muros, en el que vuelva a perder las defensas y quizás tenga que volver a pagar el precio o puede que no tenga que volver a levantarlas nuca más…

jueves, abril 22, 2010

Historia de un año

Hay veces que las personas te enseñan que la vida no es solo caminar.


El cielo estaba nublado, subía hacia mi casa, Ismael en el mp3, el sol cubriéndose en el cielo, y la gente abarrotando las calles en dirección contraria – hoy era día de mercado-, una mujer rebuscaba en un contenedor de basura (me apenó tanto… la vida me apena), al llegar a casa, como siempre mi perra en la puerta esperándome. Mi hombro izquierdo ya empezaba a doler por el peso de la mochila, la dejé en el suelo y me senté, suspiré, en la tele el proceso a Garzón; en la ventana el día ya se había vuelto opaco y el cansancio me invadió. Pasó un minuto, casi una eternidad, al poco apareció mi madre con un paquete en las manos.

Cuando tuve el libro por primera vez en mis manos, todo cambió. El mundo se hizo un lugar más alegre, mis ojos llorosos abrieron la llave de paso, hacía dos años que no lloraba, pensaba que no debía volver a llorar, que una lágrima era un vestigio de una época pasada y un simple libro me volvió a enseñar que las lágrimas son los diamantes del corazón, que no se desperdician si son para aquella persona que tras un sin fin de kilómetros piensa en ti, aunque sea sólo por un minuto, por un segundo. Acariciaba esas hojas, sabiendo que lo que relataban no eran nada, sólo una ilusión triste y vana, pero al verlas materializadas, tras el papel durante un segundo mis ojos vieron tus manos anudando el lazo negro que lo cubría, palpaba la tapa sintiendo la historia que contaba, no la que hay dentro sino la que había fuera, tu sonrisa al pensar en mi reacción, tu amor al escribir la tarjeta que le alegró la vida a un pobre soñador.

La segunda vez que lo tuve en las manos lo volví a acariciar, lo olfateé llenándome los pulmones con su olor a regalo, y pensé lo hermosa que había sido la vida conmigo, lo bueno que era el azar y lo afable que se había vuelto el destino (que la distancia es una cabrona), lo hermosa que eres sin haber visto tu rostro con mis ojos y lo grande que es tú corazón, a sabiendas que te conozco sin conocerte, que te quiero sin tenerte a mi lado para darte el abrazo que tanto te mereces, los millones de besos que te mando pero que no son capaces de volar tan lejos, y el recuerdo que llevo y llevaré siempre en un trocito de mi corazón que he decorado para que anides en él por siempre; mi regalo fue encontrarme contigo, hablar contigo, discutir contigo, reír contigo, y a pesar de que siempre hay entre nosotros un cristal eso nunca lo hará menos real… por eso y por muchas cosas… gracias.

jueves, marzo 11, 2010

In Springtime

Y mientras se ilumina mi cabeza
ruego por el que he sido en la tristeza
a las divinidades de la vida.


José Hierro

Primavera es mi año nuevo, con ella viene lo nuevo, arrastrado por el polen que se esparce aparecen las novedades, nuevas personas, nuevas ilusiones, nuevo… quizás el amor llame a mi puerta como en otras ocasiones, pero seguramente tendré la música a todo lo que da de sí o el corazón insonorizado con veinte capas de dolor y odio.

Normalmente hago balance siempre en Diciembre, pero esta vez es diferente, quería hacer balance global, observar quien era y quien soy, y me he dado cuenta de algo que no me esperaba.

Que cambiamos, estamos todos de acuerdo, pero no reconocerte es muy duro. Tengo la misma mirada, la mirada soñadora, idealizada de que todo es posible, de que el amor todo lo puede, y ese pensamiento, quizás, fue lo que me salvo de una muerte terrible, a lo mejor, hubiera sido mejor la muerte (para los que se alarmen, la muerte es una metáfora sobre el amor), hubiera sido mejor morir que la cirugía a corazón abierto a la que me he tenido que someter, teniendo que dejar dentro de mi cuerpo un marcapasos frío y vacío para que me dirija el ritmo y el compás de un latido que antes era salvaje y fresco como una mañana de Octubre.

Ya no me reconozco, no sé si ahora soy mejor (más viejo seguro), no sé si ahora tengo más capacidades o entiendo mejor la vida (que estoy mucho más feo, también), pero lo cierto es que no me veo en aquella persona que cogió el sufrimiento como dogma y a los demás como estandarte de una vida insignificante.

Nada de aquél queda en mí. Casi nada. Sólo esos ojos pequeños, que se cierran al estornudar y que ninguna cámara fotográfica es capaz de captar, esa mirada cansada desde el primer día por observar al mundo girar, vibrar por desgracia y recomponerse gracias al amor incondicionable. Quizás eso es lo que me mantiene vivo, quizás por eso no me veo en aquella persona egoísta y ambiciosa, quizás por eso ahora soy feliz siendo yo y sólo yo. Quizás por eso ahora entiendo el mundo, y sigo teniendo esa mirada limpia y enamoradiza.

Será por eso que aún me hierve la sangre cuando la primavera llega.

lunes, marzo 08, 2010

Primera Luna


Marzo llegó y con él su primera luna. Es señal, indicio de que Abril está a las puertas, Marzo sólo es la vigilia, un centinela, el arcángel que viene anunciando con trompetas celestiales que Abril asoma la nariz entre las rendijas que la lluvia y el frío va dejando. Pronto vendrá el sol, las noches frescas y apetecibles, se llenarán las calles de parejitas agarradas de las manos, habrán besos buscando metros cuadrados de oscuridad para ocultarse dentro de su propia intimidad, amores que cuando vuelva el frío se apagarán como el sol de Agosto, el cariño y el aroma a vientre ardiendo se fundirán en abrazos que durarán unos segundos eternos; y Marzo viene a avisar como un pregonero veraniego de que esa electricidad que surge en nuestro cerebro cuando la mezcla entre apetito y visión se hace sana, está apunto de nacer.

Marzo ya está aquí y con él su luna. Esa luna tan hermosa, grande, de la que siempre he estado enamorado, impasible y alta con su luz tangente y cálida, y a pesar de que todos esperan a que llega Abril, yo me deleito en Marzo, la época en la que gané siendo pequeño y en la que perdí siendo tan grande, años en los que amé y dejé de amar. Treinta días de una cuaresma particular en la que preparar el corazón para la primavera, para el sol, el calor pueril y la fiebre enamoradiza que siempre me ataca en estas fechas. Ya estamos en Marzo y su luna nos ilumina, la Luna de Lorca: gira corazón, gira corazón.

lunes, diciembre 07, 2009

Balance un amor que no fue


Termina el año, y estoy casi como lo empecé, con tristeza en el corazón. Ahora mi alma se llena de oscuridad, de pensamientos que prevalecen y acaban siempre con una canción de Sabina llorando alguna mujer que encontró en algún momento de su vida, y yo pretendo izar la mayor y poner rumbo a la felicidad con un corazón roto por cuatro partes, y con dudoso tratamiento. Ahora que todo el mundo hace balance de lo que este pobre 2009 ha dado de si, yo solo puedo pensar en ese rostro que veo cuando cierro los ojos, en esos pequeños ojos que me observan desde la oscuridad, el otoño hecho mirada enamorándome cada vez más, poquito a poco, tan paulatinamente que casi se considera una tortura, porque me hace sangrar, en cada cruce, en cada choque de miradas se me escapa el alma entre las manos y la vida en suspiros que me deshacen a pedacitos pequeños como un espejo roto que parece nieve reflectante al caer desde lo alto de un cielo que por más que intento no puedo agarrar porque siempre se me acaban agrietando las yemas de los dedos por la frialdad que hay al final de esos ojos.

Sé que no soy la misma persona que era antes, decir lo contrario sería negar la evidencia, en otra época seguramente te hubiera perseguido hasta la extenuidad, hubiera pintado el cielo de rojo si hubiera hecho falta. Quizás me he vuelto viejo para perseguir un sentimiento, pero lo que si es cierto es, que me he vuelto demasiado viejo o precavido para perseguir a una mujer. No me malinterpretes, tú mereces que te persigan, tú mereces que drene los océanos y te los regale en un frasquito de cristal, tú mereces que ate la luna a tu balcón como si fuera un globo de niño, mereces un valle verde y frondoso en un ramo de novia. Mereces todo, pero yo no puedo seguir jugándome el culo por mujeres que siempre acaban por absorberme. He pensando muchas veces en cortejarte, muchas veces al pasar por tu vera susurrarte en la oscuridad lo hermosa que eres, quizás algún poema del difunto Benedetti, he pensado alguna vez que otra en trepar a tu balcón y decirte la ternura que hay mí, contarte mis secretos, mis viajes, mis inquietudes, pedirte que me dejes ensañarte quien soy, dejarme que te abrace, que te bese con la dulzura que me haces sentir.

Ahora que termina este año no dejo de pensar en ti, y sé que estos pensamientos sólo duraran hasta primeros de año, porque cada año nazco de nuevo, cada año me reinvento y cada año sigo cambiando, pero ahora… ahora pienso sobre todo en aquella conversación que no tuvimos, en aquella conversación que no quisiste tener. La hemos tenido muchas veces en mi mente, muchas veces te habré dicho “que cuando te miro me calmas, que sólo tú haces que mi corazón esté en paz y no inundado de desidia e ira, que cuando te veo el cuerpo me tiembla, que unos ojos tan pequeños nunca fueron tan bellos”, y tú sonríes, algo nerviosa, yo te acaricio el pelo, tu cabello rojizo y, vuelves a sonreír, mi sangre ya febril se para y el corazón se vacía de nuevo. Después, de camino a tu casa vamos en silencio, yo pensando que por una vez el cielo ha sido bueno conmigo, quizás tú pensando que no era lo que te habías imaginado y por un momento, nuestras manos se rozan, sin querer, uno de esos momentos que el destino tiene con un pobre enamorado, y todo pasa a cámara lenta como en las pelis, te miro mientras te vuelves, tu cabello casi rojo flota en el aire y tu rostro tan bello como un atardecer se me clava en lo más hondo de mi ser, esbozas una sonrisa y yo vuelvo a nacer una y otra vez… Claro que todo esto es ficción y que sólo pasa en mi mente, pero tú sólo por existir lo has hecho posible, claro que esto nunca ocurrirá, pero solo por ser tú ya ha ocurrido en mi mente.

Termina el año, y tú has sido mi hogar durante todo el 2009, necesito agradecer, o quizás, todo esto sea un último intento, por si lo lees, por si quisieras hablar conmigo alguna vez, o no, o quizás esto solo sea lo que es, otra divagación, otra historia más, o simplemente lo use para decir lo hermosa que eres, con tus ojos pequeños, tu cabello caoba y tu cara tan bella como un atardecer.

lunes, octubre 19, 2009

El callejón de los sueños

Hay un callejón al que suelo ir cuando algo me turba, es una calle mágica que vi una vez. No recuerdo el nombre de la calle, está en Córdoba y sólo he estado una vez siendo niño, pero recuerdo muchas cosas de aquella vez, y siempre que algo me inquieta mi mente se va hasta allí:

“Existe un lugar, un lugar tan bello que siempre es de día o siempre es de noche; un lugar que cuando se pasea por él se puede elegir el color, el aroma del viento, el clima, todo lo que puedas imaginar. A veces, el callejón está oscuro para mí, a veces la calle se ilumina, llenándose de flores de colores etéreos y abigarrados, hace frío y calor; y otras, las calles desaparecen y un valle hermoso aparece de la nada, con un trigo aún verde y un olor a esas castañas asadas del invierno. Pero casi siempre, encuentro un pequeño taburete y flotando en el aire una guitarra brillante y luminosa que suena sola, cada cuerda que vibra es una letra que me dice que la agarre y cante, yo nunca canto, yo nunca compongo, son las normas de mi alma, ni canciones de amor ni partituras de amor, sólo palabras de amor. Pero hay algunas veces que en mi mente, en el callejón de los deseos todo lo imposible se torna claro, lo gris se pierde en la luz y el color me envuelve, la alegría nace de mi triste vida, desparece esta eterna soledad que tanto tiempo me acompaña y el dolor empieza a desaparecer a medida que la madera del mástil se funde con mi mano, y el cuerpo de la guitarra se asienta en mi rodilla, y entre traste y traste siento besos y besos que me llenan de la salud necesaria para cantar.
Canto, y a medida que canto todo toma diferentes formas, y según salen las palabras siento amor, amor y desengaño, porque todo es lo mismo, alegría y tristeza, al final todo es pasión, no hay agua sin fuego ni tierra sin cielo; y empiezo con un do mayor y mi mano cambia en perfecta simbiosis, dando gracias porque el amor me llena, y la luz me sacia, y pienso… quiero vivir en tus manos, quiero vivir en lo dulce que se desprende de tu mirada… siempre perdida, quiero mirarte, porque mirarte es como regresar a casa en un día de lluvia, es el ansia del inquieto, es la paz de la quietud, es el oleaje del mar, que a veces está rabioso y otras en perfecta calma; canto porque estás en mi mente y mi callejón me lleva a ti, me lleva a amar, me lleva al amor, y mi canción me lleva a sentirte, sentir los colores de tus ojos, el azúcar de tu vientre, el calor de tu pelo en mis dedos como las cuerdas de mi guitarra… hasta que comprendo que tú eres mi callejón, que cuando algo me turba vuelvo a ti, que tú eres el fuego y el alma, la pasión, el todo y que tú cuerpo es mi guitarra y tú alma mi canción…”

sábado, septiembre 12, 2009

Un año más...

Ya pasó, ya se fue, ya se marchó ese día en el que todo se hace posible simplemente porque se conmemora algo tan hermoso como un nacimiento, y si miro atrás y veo lo que el mundo, tan opaco y tan extraño para mí, me ha deparado pienso que la belleza, la grandeza de vivir a veces se hace tan dura que es mejor no celebrar nada, aunque siempre hay gente que lo hace por uno mismo. Si cuento las veces que mi corazón se sintió un extraño en este mundo de locos o el número de mujeres con el cabello lacio y los ojos de un gris tan profundo como la oscuridad de mi alma me usaron como un pañuelo que cura casi instantáneamente los dolores del corazón o las ocasiones en que yo me he servido de noches desconocidas para salvar la soledad que habita en mi cama, me da por pensar que este mundo, sobre todo de noche, es un lugar inhóspito y tedioso. Y cuando las caricias ya no funcionan y los besos empiezan a saberte a un amargo triste y gélido todo cambia de color.

En este día siempre sigo el mismo ritual, intento aislarme todo lo que puedo, quizás releer algún libro de García (siempre opto por “Cien años de soledad”), media botella de un brugal de quince años y una ventana sucia por donde mirar el mundo que hay fuera sin que me produzca urticaria tocarlo. Pero no todo es malo. Hay cosas buenas.

Siempre suelo recordar a una mujer, cómo no, sino fuera por el amor nada tendría valor y el yugo de vivir se haría tan pesado para mí que la cuesta sería demasiado empinada para subirla sin desfallecer en el intento. Como iba diciendo, tengo el recuerdo de una mujer, yo era todavía un chiquillo y ella una mujer, muchas tardes estaba en un parque que hay detrás de mi casa, sentada en el césped, descalza. Ese simple hecho me fascinaba, tenía unos pies pequeños con unos deditos casi diminutos pero que me resultaban hermosos; no recuero que leía pero sí que lo hacía muy lento, siempre llevaba el cabello recogido y con unas gafitas de color negro que le daban el toque morboso de bibliotecaria atractiva, las mejillas sonrosadas y azul intenso en los ojos que me enseñó a amar el mar y desear el océano, sólo la vi un par de veces pero fue mi primer amor (yo fui muy precoz) y aún hoy perdura su recuerdo en mí.

Es una historia sin más y no sé porque la recuerdo siempre que cumplo años, quizás se hizo costumbre sin darme cuenta, quizás se hizo amor sin quererlo pero recordar esto me da la ilusión para afrontar un nuevo año, porque en mi interior está el deseo ferviente, el anhelo o la esperanza de que por ahí anda una mujer que se descalza para leer o que pasea por una playa o que se para en todas las floristerías olisqueando los lirios que se encuentra a su paso o que baila en una fiesta con un vestido blanco o está tocando una guitarra en una manifestación o comprando detergente en un supermercado o simplemente que está viviendo esperando a que yo llegue a su encuentre, porque a veces el hado es inteligente y nos prepara antes para nuestro destino, y por ende, el sino del ser humano es amar y cuando encuentre esa otra parte de mí ya veremos que ocurre, pero mientras, seguiré esperando y para no desaprovechar el tiempo seguiré creciendo (esa es mi promesa) seguiré intentando ser mejor persona, con mis mil y un defectos y mis seiscientas cualidades, seguiré luchando por ser un poquito mejor mientras ando este camino hasta que encuentre la luz y el gris se pierda, y entonces, me doy cuenta de que el día se ha acabado y la vida seguirá su curso, inamovible, con la determinación de un reloj suizo, con su lógica y sus leyes, con sus milagros y sus tristezas y es cuando pienso que para todo lo demás Feliz Cumpleaños…

miércoles, septiembre 09, 2009

Al día siguiente (continuación) Por Eva.

Eva:
Parece que pasó la época en que te daba miedo vivir, se acabaron aquellos días en los que vivías encerrado en tu casa de cristal mirando la vida pasar, siendo pasajero de un tren que nunca iba a ninguna parte sólo daba vueltas de un lado para otro, siendo espectador de una película en la que el final estaba por escribir.
Dani:
No es para tanto, y ahora duérmete
Eva:
¿Sola?
Dani:
(Titubeaste por un segundo) De momento sí.

Pasaron los días y cada vez me sentía más orgullosa de ti, te veía ir a trabajar, madrugabas y me hacías el desayuno, me lo dejabas todo hecho y una rosa diferente cada día al lado de mi almohada junto con un beso ardiente en mi frente. Me sentí tan orgullosa, tan feliz de ver la clase de hombre en la que te habías convertido. Mantenías esa mirada de niño triste, esa carga melancólica aún no se había ido de tus ojos, y a pesar (perdona por esto) de no ser muy guapo resultabas tan atractivo, tan magnético que si quisieras podrías atrapar a cualquier mujer con una fuerza desgarradora, y a la vez, tan inocente que toda señal se te escapa entre esos ojos achinados.

Pasó una semana y dejaste de trabajar. Durante algunas noches te quedaste a mi lado esperando a que el sueño me venciera y, a veces, en mitad de la madrugada te sentía desde la puerta velando para que nada me perturbara, después de rogártelo dejaste de dormir en el sofá con la condición de que saliera de tu castillo de cristal particular. Aquella mañana el sol relucía con la misma vitalidad con la que despertaste, al verte vestirte me di cuenta de que ya no eras aquel niño dolorido del que casi me enamoro en Lisboa, de que te habías convertido en un hombre capaz de soportar el sino de la vida y de cargar a tus espaldas el peso de un mundo que nunca es justo para nadie y eso te hacía más interesante todavía.

Al poco de despertar me llevaste a un valle precioso, lleno de flores, de arboleda y de olor a hierba fresca, me diste una corona de flores y me dijiste que por un día imaginara que era una princesa y que aquél era mi reino, que por un día todo aquello era mío, desde mis pies hasta donde la vista me alcanzara. Tomamos asiento a la orilla de un lago precioso y allí permanecimos, en silencio, tú escribías en tu cuaderno y yo te miraba, embelesada y embriagada, quizás porque lo necesitaba, quizás porque aquel día me terminé de enamorar de ti, de tus poemas sin sentido, de tus ojos tristes y tu boca pequeña, pero sobre todo de tu ternura, de esa cualidad que muy pocas personas poseen y que casi nunca la aplican a la vida como lo haces tú, a tus gestos tiernos, a tus besos aún más tiernos, a tus caricias y a la forma de mirar que tienes.

Cuando me pediste que escribiera esto, sabía perfectamente que querías saber que sentía, y sé que omitirás algunas partes, pero lo que siento aún me queda por decírtelo… El resto de la historia termínala tú.


Fmdo. Eva

¿Continuará…?


martes, agosto 25, 2009

Vámonos (Continuación)

Vámonos” me dijiste con la mano extendida tocando con la punta de los dedos mi corazón, notaba el aire que giraba entorno a tu brazo con una fuerza invisible y desgarradora que me golpeaba el pecho como si latiera el corazón por fuera, “qué, cómo, estás loca” repliqué con asombro.

Sonrisa, ojos, cara todo era igual que en las noches de Portugal, llevabas el pelo cambiado, tu flequillo casi no dejaba ver tu frente, aquella que tanto besé en las noches de abril, tus ojos grandes serpenteaban mientras se clavaban en mí paralizándome con tu veneno de tarántula, tu figura seguía siendo un poco delgada pero la belleza en ti era innata, rebosaba en cada átomo, por cada poro, por cada recodo de tu maravilloso cuerpo, cada resquicio de tu alma. “Dije que volveríamos a vernos ¿no?” sin parar de sonreír cogí tu mano, me aferré a ella como el alma se aferra a la vida, como las estrellas se aferran al cielo para no caer en el abismo oscuro, más que andar me arrastrabas hacia la puerta, el sol ya asomaba despuntando al alba anunciando que la luna debía de terminar su turno e irse a dormir al otro lado del planeta “un largo viaje para descansar” pensé.

Caminabas un paso por delante de mí, atoándome de la mano, incrédulo aún, suspirando como un perro que se aburre pero lleno de felicidad: “¿qué haces aquí?, te hacía en Coimbra o en algún otro sitio extraño” El sol ya me alumbraba, la hierba de aquel parque relucía por las gotas del rocío y un extraño olor a playa me invadía el olfato.
“Te lo prometí o al menos te dije que nos veríamos”. Volví a suspirar y por fin vi la debilidad que tanto buscaba, vi sus nervios. Agarraba el café con las dos manos supongo que para sentir calor en las manos, meneaba el pie sin cesar y un pequeño temblor la delataba:
-Te acuerdas, recuerdas cuándo nos conocimos- me dijo con la voz igual de temblorosa que los dedos con los que apretaba su café. –Dime que lo recuerdas- repitió.
-Si, claro que lo recuerdo.- Si existe la felicidad, esos días llegué a rozarla (claro que eso no se lo dije).
-Recuerdas que estabas mal, estabas muy mal.
-Si.
-Y sin decirme nada yo entendí que me necesitabas, y yo permanecí a tu lado- Se volvió hacia mí con los ojos llenos de lágrimas, me siento mal por pensar así, pero benditas lágrimas que te trajeron a mí, bendiga Dios ese dolor que sentías porque tu necesidad era mi necesidad y tu desgracia mi fortuna.
-Pues ahora yo no te digo nada a ti.

Terminó la conversación ahí, yo entendí. Te abracé y terminó el alba de asomar la testa entre las nubes hechas de algodón rosadas. Aquella noche dormiste en mi cama, yo en mi sofá, aún lo recuerda mi espalda. Aquella noche mi cama estaba feliz, tanto hacía que no tenía visita, tanto que no poseía un olor ajeno y al día siguiente….


Continuará…..

domingo, agosto 09, 2009

Historia de un reencuentro....1ª Parte


Como un Flash que te deslumbra, una luz cegadora que te nubla la vista y, a pesar de la luz, te sumerge en las más oscuras tinieblas por unos segundos, verte allí fue como el tintineo de la mañana, el estertor armonioso de una hoja calada por el rocío imperecedero de la mañana insidiosa. Tardé unos segundos en reconocerte, en mirar dentro de ti para reconocer tu alma, me acerqué para sentir ese calor que hace unos años me diste. Tu mirada permanecía clavada en mí: “Con estos ojos puedo parar el mundo” me dijiste una vez, y yo te creí. Avanzaba entre la gente y nadie parecía darse cuenta de nada, nadie se imaginaba que dos almas separadas se estaban volviendo a unir, y a falta de unos metros sentí el latido de tu corazón y lo reconocí, reconocí el amor que irradiaba, puro amor, puro deseo; te apartaste el pelo de cara, esa era tu marca, esa era la señal y entonces estuve seguro, mientras tú reías y yo me desesperaba, mientras tú me mirabas y yo me deshacía como un pedazo de hielo. Esa sensación que recorría mi cuerpo, impulsos eléctricos que me aturden una y otra vez, esa angustia antes de tocarte, la quemazón en el pecho, la presión en la sien y las hormigas recorriendo mi estomago devorando mi alma sin piedad. Quedé inmóvil, imperecedero ante ti a escasos dos metros, casi dos años y una miríada de kilómetros, de los que me arrepiento uno a uno, y después de acordarme de la puñetera cobardía, lloré. Lloré como un perro que pierde a su amo, como un niño que no encuentra un juguete, como un amante cuando se da cuenta que es feliz…. Ella se movió, no lo vi pero lo sentí, sentía todo, cada paso, cada momento, cada latido, cada todo… Te vi venir, te vi andar, incrédulo y a un paso de mí me volviste a coger de la barbilla, como hiciste hace casi dos años en aquel banco de la avenida de la libertad, querida Lisboa que nostalgia de ti….. “siempre que nos vemos te encuentro llorando, nenaza” me dijiste con esa voz que tanto me calmó aquellas noches de abril. Sin un segundo para recordar, sin minuto para pensar que hacías allí, a qué habías venido o por qué llevabas aquel vestido blanco que se te trasparentaba al trasluz y que llevaste aquella última noche, aquella noche en que cerraste la casa de fados para mí, aquella noche que oí tu voz como si fuera un pecado, aquella noche en la que me tuve que marchar con tu canción en mi tímpano resonando como los truenos en la oscuridad de la tormenta, aquella noche que me regalaste el calor de tu cuerpo, la noche en la que me fui con tu imagen clara machacándome la mente y con el aroma de las flores que dejé en tu cama mientras dormías, el miedo a no verte más y el sentimiento de contrición por no quedarme a tú lado como me suplicaste.

No quise pensar, no quise reaccionar pero mis brazos se movieron solos, mi cuerpo aún eléctrico se movió sin pensar y te abracé con toda la fuerza que me dio el encontrarte de nuevo, con todo el amor que surgió al ver un fantasma que regresa del infierno de Dante para verme y cuando tus brazos me rodearon convirtiéndose en la más cálida y sedosa bufanda del mundo mi corazón se paró… “Eres igual de hermosa que tu canción” sólo le pude decir eso y mientras me atacaba a la boca con sus labios mi corazón volvió a latir, me cogiste la mano y me dijiste “vámonos” y… te volví a seguir….

Continuará...

lunes, julio 20, 2009

Rojo, Negro y Amarillo

No siempre es una puerta la que se abre, a veces, el tiempo, bendito tiempo o puto tiempo que dice “la Belén”, te da más oportunidades de las que puedes sobrellevar. A veces, el tiempo es hermoso, te abre ventanas antaño cerradas, te enseña caminos entre la hierba alta, frondosa y fresca, que siempre habían estado cerrados pero por donde se puede divisar una inocua senda que te lleve a la felicidad mas tremenda, esa felicidad de la que hablan los libros, las historias de amor donde todo sale bien y los finales son felices, a esa felicidad que para la gente normal no existe en la vida real. A veces, no una ni dos sino varias ventanas son las que se abren ante ti con una sinuosa fragancia alrededor pintada de hastío y embriagada de fina esperanza. Son tantas las posibilidades, que un corazón sombrío como el mío no sabe que probar primeo, si el rojo de la pasión inimaginable en una noche de alcohol incesante, la fría calma de unas piernas que recorren mi tediosa imaginación esperando a encontrar unas escaleras por el camino para poder mirar por debajo de la falda de mi melancolía y mientras sube al cielo de mi cama, ya vacía por tantos años; o en cambio, esa melena rubia, tan prohibida como deseosa, tan esmerada y tan bella que solo pensar en ella me hace daño, que sólo imaginarla me produce una fiebre tan pueril que me transporta a los años en los que una mujer sólo era un mero entretenimiento y no como ahora, que se ha convertido en una forma frívola de llenar mi vacío pensamiento, carente de imaginación y, a la vez, de pasión.

Rojo, negro y amarillo, el rojo de un atardecer en el invierno, el negro de la noche que se cierne en mis entrañas y el amarillo de un sol que renace un día tras otro, se abre un arcoíris de preguntas, gracias al tiempo, cuestiones que me sobrepasan de una manera atronadora y estridente. Se forma en el horizonte un cúmulo de estratos intransigentes en el que seguramente yo saldré perdiendo y donde la razón, mi razón, tendrá poco que decir. El tiempo elegirá por mí.